A favor de los que no votan
Felipe Lee
No votar es una reacción espontánea de la ciudadanía que de esta manera trata de inclinar la balanza del poder a su favor. No está claro hasta qué punto lo logra, pero ya la incredulidad es un avance con respecto al infantilismo político en el que se la pretende sumir. No votar representa una incipiente voluntad autónoma, “orgullo luciferino” inaceptable para quienes sienten como amenaza la existencia de tal capacidad de autodeterminación.
La historia de la democracia mexicana ha sido la historia de los esfuerzos del poder hegemónico por anular la eficacia del voto. Antes, con métodos directos; cuando era necesario, por ejemplo, quemando los votos o asesinando candidatos; ahora, el sufragio efectivo es neutralizado estimulando el voto. Es decir, la estafa ha devenido transparente. Tal ha sido el sentido del progreso en esta historia. El poder hegemónico ha aprendido a neutralizar la soberanía popular a través del ejercicio del voto.
El abstencionismo es tratado como pecado mortal. La intensidad con la que se le combate deja ver el grado en que el voto ha sido vaciado de su contenido emancipador. La transición de derecho a deber indica el cambio en la función real del voto.
El IFE es la iglesia que promueve el fetichismo del voto, manteniendo así a la población alienada y satisfecha con la mera propiedad formal de un derecho. Al mismo tiempo, los alquimistas de las élites transforman el abstencionismo en sentimiento de culpa en contra del ciudadano.
No votar, abstenerse, equivale a una purificación a través del celibato, una especie de huelga de la potencia genésica: no derramar el semen de papel dentro de una vagina de cartón, no seguir fingiendo orgasmos de casilla, no embarazar la urna virginal. El erotismo democrático mexicano se ha enfriado. En la alcoba, la pareja se da la espalda. El IFE inyecta monstruosas dosis de viagra, pero el desencanto es tal que hace ver la futilidad de la costosa propaganda.
Ponerse a discutir el menú que presentan los partidos es un nivel de conciencia política apenas superior a discutir cuál es el mejor equipo de futbol. Ambas acciones presuponen y fortalecen la fe en la eficacia mágica del voto , con la única diferencia de que el futbol tiene un componente hedonista del que carece la otra actividad. No hay distracción en sí. Toda distracción debe ser medida con respecto al nivel de conciencia política emergente.
La clase política, guiada por elemental instinto de sobrevivencia, ha encontrado la forma de diluir la fuerza negativa del voto. Por eso lo incitan, por eso hostigan a los que no participan. El IFE y los partidos necesitan que los ciudadanos crean en el juego, que no lo tomen como un juego, que participen convencidos, que comulguen. El IFE y los partidos necesitan que la gente se perciba como demiurgo de su propia ilusión, mientras ellos “le hacen hijos a sus espaldas” .
El instantáneo acto de votar, acto que para ser realizado no requiere que la gente se organice por sí misma, el momento más privado del proceso democrático, ha sido exaltado sin proporción, anti-democráticamente. Votar no es malo en sí. El problema es que la intensidad con la que se promueve el voto va acompañada de una grave ausencia, cuando no franca disuasión y hasta persecución de otras maneras de ejercer la soberanía popular. Las pocas organizaciones civiles se encuentran inermes frente al poder inflado de los partidos políticos. Estos últimos, a su vez, han degenerado en burdos proxenetas del voto, han renunciado a su misión educadora.
El sufragio no sólo no es aún efectivo, sino que la soberanía popular ahora resulta estafada en el acto mismo por el que intenta imponerse. Por eso, una vez que el ciudadano ha perdido control sobre sus eyaculaciones electorales, se impone la opción del celibato y la abstención, hasta que la urna entre en celo de nuevo. Se hace necesario compensar la debilidad del voto con acciones soberanas en las que el pueblo disponga de su poder y disponga de su propio derecho a votar, tal como aquellos lecheros que tiran el albo alimento, intentando de esta manera anular la fuerza del TLC y restituir el valor del producto nacional.
Reconozco que el abstencionismo es también insuficiente. Sería mejor si viniera acompañado de una reactivación positiva de la soberanía popular, la aparición de nuevas formas de organización política que contengan el morboso crecimiento del poder de la clase política. Sin embargo, algo se mueve, ya se toma distancia del voto, un paso en sentido opuesto a la reificación de la conciencia democrática.
Felipe Lee

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