S D 3.
Jorge Morales Rocha.
I
Es una sensación extraña, confusa, angustiante. No ve nada, sólo luces. Luces rojas y blancas que giran, luces dolorosas. Se siente atado, inmovilizado; un sabor amargo le corre de la lengua a la garganta.
Escucha una voz, una voz femenina ligeramente embotada, pero dulce y agradable.
Sus pupilas se dilatan lentamente. Ahora puede ver el cielo, limpio, vacío y de un rosado tan intenso como eléctrico.
Siente correr por sus manos un par de gotas, le parecen salobres.
Una joven mujer, de rodillas junto a él, llora desconsolada. Lo mira despertar y relaja sus facciones dolorosamente contraídas en llanto. Le sonríe y lo abraza, atropellando sus palabras con ligeras risillas de alivio.
Él se abraza a ella confundido; no sabe de quién se trata, no puede recordar ese rostro tan familiar.
Ella percibe su extrañeza y la invade el desconcierto.
—Caíste del árbol —sonríe y levanta la vista—; del manzano.
Lo ayuda a incorporarse y tomados de la mano se alejan por un caminillo rojizo de arcilla. Uno de los ochentaidós caminillos que se entrecruzan con los mil seiscientos campos de cultivo de aquel altiplano perdido.
Una enorme planicie de dieciséis millones de metros cuadrados rodeada por las cimas de más de dos mil metros que forman una isla en el medio de la nada.
En el centro de esa extensión se yergue, en medio de una arboleda frutal, un edificio de cuatro plantas. Tan blanco como hermético, en su fachada sólo hay una puerta opaca y transparente, y en la última planta un gran ventanal.
Por el camino de arcilla se acercan, abriéndose paso entre los naranjos, tomados de la mano sin decir palabra. Él contempla el edificio que se vuelve más alto a cada paso. Pese a desconocer lo que hay ahí se siente seguro y sigue caminando. La sensación de amargura permanece aún en su boca.
Atraviesan la puerta y un angosto corredor los lleva hasta un ascensor. Las puertecillas se abren automáticamente y ambos entran. La cámara levadiza es más angosta y sus paredes más pesadas que las del corredor. Después de un par de segundos se abren de nuevo las puertas, mostrando un hábitat completamente opuesto al jardín exterior.
Todo es tan yermo, tan blanco y aséptico como un quirófano; un lugar inhóspito y frío como una cripta. El único contacto con el mundo vivo es a través del gran ventanal que corre de lado a lado en la pared frontal. Desde ahí puede apreciarse la majestuosidad del campo y la altivez de las cumbres que lo rodean, ocultando lo que hay más allá de ellas.
Se sueltan las manos y entran a una pequeña habitación donde un computador ocupa gran parte de la pieza. Ella se dirige al teclado principal e introduce algunos códigos, luego extiende su mano hacia un receptáculo a donde son expulsados un par de comprimidos.
—Buenas noches, Pandora —dice una voz torpe y metálica.
Pandora responde al saludo del computador y se echa los comprimidos a la boca, tragándolos con dificultad.
Él lo observa todo, de pie en un rincón.
—Toma tu A.S.L.., Héspero —dice Pandora, y sale de la habitación.
Se escucha cerrarse una puerta suavemente al otro lado del corredor.
Héspero se acerca y mira cómo sus dedos dan ligeros saltos sobre las teclas. Se escucha un beep y un par de comprimidos caen en el receptáculo, rebotando en un clin clin clin.
—Buenas noches, Héspero —de nuevo la torpe voz metálica.
Se echa a la boca los comprimidos de alimento sintético y sale de la habitación.
Frente al gran ventanal un pequeño sofá con un tablero.
Héspero toma asiento y nuevamente deja que sus dedos desfilen sobre el teclado.
Afuera, en la noche, se comienzan a regar los campos. El paisaje se baña con un suave rocío y el cielo deja ver luminosos vestigios de un pasado muy muy lejano.
Pandora se acerca a él, abrazándolo, compartiendo la visión del universo interminable, y el misterio oculto tras las imponentes cumbres vecinas.
—Voy a dormir —dice ella, y se dirige a una habitación.
Héspero la mira, esbelta, de formas nobles, casi tan blanca como la estancia y de cabellera tan oscura como el misterio que los rodea. Comprende entonces cuán bella es Pandora.
Sus dedos vuelven a introducir algunos códigos. Se pone de pie y se dirige a una habitación al fondo del corredor. En ella no hay más que un par de cajones, una bañera y algunos aparatos extraños. Héspero se desnuda y se recuesta dentro de la tina, se cubre la nariz y los labios con una ligera máscara. Una opaca película plástica cubre la boca de la tina y a continuación ésta se llena de agua. Héspero, sumergido, escucha el sonido agudo de una vibración. Después de un par de minutos baja el nivel del agua hasta agotarse y la cubierta plástica se contrae hacia un extremo. Héspero se quita la mascarilla y sale de la bañera, abre un cajón, extrae una bata de tela delgada y casi transparente; se viste. Deposita la ropa sucia en el otro cajón y sale de la habitación, dirigiéndose a donde se encuentra Pandora.
Permanece de pie un momento en el umbral, contemplándola dormir, sin entender porqué le atrae tanto.
Un pequeño domo permite la entrada de un pálido rayo de luz que cae justo sobre Pandora, bañando su rostro y su pecho.
Héspero va hacia ella y se recuesta a su lado.
Héspero sale a través de la puerta del edificio con rumbo a la arboleda; en la mano lleva una pequeña caja de herramientas. Desde el ventanal Pandora lo mira perderse entre los naranjos.
Se detiene justo en el cruce de dos caminos, donde se divide la arboleda de los cultivos. Deja la caja sobre el follaje, junto a una gran pila de barrotes serrados, y con un martillo reanuda la construcción de una cerca.
El amanecer es tibio y la tierra mana un vaho fresco y reconfortante.
Héspero eleva su vista a las copas de los árboles y comienza a silbar como el canto de un ave, imita el trinar de un gorrión.
Un parpadeo y un dolor punzante en las sienes le hacen detener el martilleo.
Sus ojos siguen escrutando entre las ramas de los manzanos y perales. No sabe qué espera encontrar, pero de alguna forma comprende que no está ahí. De nuevo el amargor en la boca.
Se agotan los barrotes y Héspero vuelve al edificio con su sombra bajo los pies.
Se abren las puertas del ascensor; se dirige a un armario y guarda las herramientas. Pasa frente al cuarto de baño, y alcanza a escuchar débilmente la vibración de la bañera. Se sigue de largo, entra a la habitación del computador, teclea algunos códigos, y en el receptáculo rebotan tres comprimidos. Además de los dos de A.S.L. hay uno de menor tamaño, de un tenue color rosado. No lo piensa demasiado e ingiere los tres. Se dirige al tablero del ventanal.
Sin darse cuenta comienza a silbar nuevamente; ahora sus ojos indagan en el azul.
Se siente extraño, su piel se congestiona, comienza a ruborizarse y se cubre toda de una ligera película de sudor; los músculos de la espalda comienzan a sufrir leves espasmos mientras su respiración se acelera. Siente un cosquilleo tal en la entrepierna que lo hace cambiar su postura en el sofá.
En el corredor se escuchan pasos. Héspero voltea y se encuentra con Pandora, de pie, semidesnuda, mirándolo fijamente y con la respiración ruidosamente agitada.
Se levanta del sofá y se detiene frente a ella. Ambos se miran de pies a cabeza. El respirar y el latir de sus corazones se vuelven acordes.
Una gota de sudor cae lentamente, antes de alcanzar el suelo ellos se lanzan uno contra el otro, enredándose en un abrazo frenético.
Héspero ha terminado la cerca, circundando la arboleda en un diámetro de quinientos metros.
Sus existencias tranquilas se han enriquecido con ese gozar de los cuerpos que han descubierto; ya no se limitan solamente a las caminatas por los campos.
Sin embargo hay dos factores que los inquietan: el primero es que el vientre de Pandora crece desmedidamente, a lo que el computador responde: “Información no procesable, lo siento Pandora”; el segundo es que Héspero con frecuencia sufre de extraños sueños que le alteran demasiado, angustiándolo.
Se sueña saltando la gran cerca de malla al extremo de los campos, corriendo aterrorizado hacia las montañas, escalándolas, y cuando está a punto de conquistar la cima, a punto de ver lo que hay más allá, es cegado por luces intensas. Entonces despierta, rompiendo en un llanto horrible y asfixiante.
Ella lo consuela y tranquiliza hasta que finalmente vuelve a dormirse.
El computador responde “Diagnóstico: SD3” y libera un comprimido marrón para después decir buenas noches.
Héspero sentado frente al ventanal contempla las cimas de los magnánimos guardianes que lo mantienen enclaustrado. Una luz roja se enciende y apaga en una esquina del tablero. Se pone de pie y se dirige al armario por las herramientas. Toma la pequeña caja y entra al ascensor.
Camina sobre la arcilla crujiente bajo el sol del medio día.
Se detiene frente a la gran cerca de malla, a sólo metros de las faldas de una gran montaña. Totalmente absorto, recuerda esa visión donde está a punto de alcanzar la cima, y las luces.
Cierra los párpados e inclina la cabeza.
Escucha entonces un suave silbido fluyendo burbujeante. Se dirige a él y encuentra la causa de la luz en el tablero. Una fuga en la tubería del sistema de riego.
Deja su caja sobre el suelo, la abre y toma unas pinzas. Se acerca a la tubería inclinándose. Aterrado da un salto hacia atrás y deja caer las pinzas sobre el agua. Su corazón se acelera y comienza a temblar.
Un momento pensativo.
Se acerca lentamente al charco de agua y se arrodilla. Mira su reflejo con temor, mete las manos al agua e intenta sujetarlo.
El rostro que ve es el rostro de ella.
Las puertas del ascensor se abren. Pandora sentada en el sofá lo mira desconcertada; no lleva la caja de herramientas y su rostro se ha descompuesto en una extraña expresión.
—Pandora, ven aquí —su voz suena horrible.
Ella obedece, pero refleja temor.
Héspero entra al cuarto de baño, se mete a la tina, se coloca la máscara y espera a que se llene todo de agua. Ella lo observa atenta, de pie junto a la bañera.
Rompe la tapa plástica y sale del agua. Toma a Pandora del brazo y la acerca a él.
—Míranos, somos… —dice a punto del llanto—. ¿Qué somos, Pandora? ¿Qué?
Ella ve dos rostros idénticos. Intenta tocar los reflejos. Mira a Héspero y luego mira el agua.
El computador dice: “Información no procesable, información no procesable, información no procesable…”
Héspero rompe todo contacto con el computador. Se siente observado, cautivo, no entiende de qué o de quién, pero esa máquina está implicada.
Pandora siente que su vientre va a explotar, y a ello se suma que Héspero no le permite acudir por A.S.L.
Despierta muy temprano y sale de la habitación, se dirige a la del computador, mas Héspero la intercepta.
—Prométeme que no entrarás ahí —suplica totalmente desquiciado—. Promételo, Pandora.
—No puedo más, Héspero —dice llorando.
Desde el ventanal Pandora lo observa introducirse en la arboleda.
Arranca algunas naranjas, algunas peras; pero las abandona en el suelo cuando descubre un gran manzano al extremo del huerto.
Comienza a escalar por el tronco y se desliza lentamente por una de las ramas más grandes. Extiende su mano y desprende una manzana, intensamente roja, fresca, bañada de rocío.
Héspero percibe su aroma y su sabor, es una reminiscencia, un reflejo de sus sentidos en que se confunden mujer y fruto; Pandora y la manzana.
Su boca se inunda de saliva y no puede soportar más la excitación.
La muerde al fin.
—¡Nooo! —grita asqueado, desesperado, angustiado.
Escupe la espuma plástica y desbarata el falso fruto entre sus manos. En el interior encuentra una esfera de metal cromado, una semilla robótica, donde palpita una sustancia fluorescente.
Toma otra y otra y otra, y todas son la misma pesadilla.
Baja del manzano y arremete contra el tronco. La corteza se desprende, dejando al descubierto un horrible esqueleto metálico por cuyos conductos circula el aberrante líquido luminiscente.
Se abren las puertas del ascensor y Héspero encuentra a Pandora en el suelo, en un charco de líquido amniótico y sangre, sudorosa, sufriendo el más cruel tormento.
Su expresión alienada se desvanece en un segundo. Corre hacia ella y la abraza. Comienza a llorar.
Pandora le suplica que use el computador; ya no puede negarse.
Se para frente al teclado, con un recelo enorme, e introduce algunos datos. Escucha el beep y voltea sus ojos al receptáculo, anhelando el comprimido que mitigará el dolor de su amada.
—Ya no hay ningún problema. Adiós, Héspero —dice la estúpida voz metálica.
Enloquecido comienza a golpear las máquinas, hasta hacerlas pedazos.
Se interrumpe al escuchar un fuerte zumbido en el cielo; no entiende qué es y el miedo lo invade.
Cesa el horrible ruido y entonces escucha la voz de Pandora llamándolo.
En su gran temor vacila un momento, pero los aterrorizados gritos lo vuelven a la realidad. Se dirige allá, sale del cuarto y es interceptado por unos individuos vestidos de blanco con el rostro cubierto por caretas cromadas. Algunos tratan de sujetarlo contra la pared mientras otros examinan a Pandora.
Héspero lucha violentamente por librarse, golpea a uno de ellos contra la pared repetidas veces, rompiéndole la máscara, hiriéndolo.
El sujeto de blanco cae al suelo; Héspero deja de luchar.
Bajo la sangre encuentra el rostro de Pandora, el suyo propio; sólo que no puede definir si lo que yace a sus pies es un hombre o una mujer.
Pandora, sedada, es llevada sobre la camilla.
Él no hace nada por evitarlo; sus fuerzas se han agotado. Ya no quiere hacer preguntas.
Todos los sujetos descubren sus rostros, mostrándose seres idénticos.
Uno de ellos se acerca a Héspero y acciona un aparato contra su pecho, derribándolo.
—Organismo H-003, neutralizado.
Su vista comienza a nublarse. Mira al cielo en el ventanal por última vez y al fin entiende qué es lo que buscaba en él, mucho más allá de las montañas.
No ve nada, sólo luces.
Se siente atado, inmovilizado; un sabor amargo le corre de la lengua a la garganta.
Una joven mujer, de rodillas junto a él, llora desconsolada.
…

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