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Madre al taller

Por Adán Echeverría

 para Angélica Santa Olaya

 

Fue el temblor de manos cuando le levantaba la blusa. Ella intentando complacer a mamá aceptando la compañía de un hombre hundido en la mediocridad. Con las erecciones después de cada roce que la joven le hace en el brazo. ¿Cómo se ha divertido con él? Tenías razón. Ricardo ha respondido como dijiste. Es la repetición de algún síndrome. Mirna ríe cómplice. Su madre aprueba; siempre aprueba con el movimiento de cabeza de quien todo lo sabe. Mujer madura y luchadora.
¿Acaso Ricardo creyó que tendría que soportar estar a la defensiva, que así se enamora a una mujer inteligente?
- Hace seis meses que salimos juntos.
- Si no te llena lo que ofrezco, vete. No estoy hecha para el sexo y los amoríos -acabó diciendo Mirna.
Annie y sus costumbres de espiarla. Estar junto a ella en la cama, buscándola en la escuela, siempre más simpática, mejor arreglada, solicitada por los hombres. Esa derivación de su enfermedad atenuada por la forma de vestirse, coqueteando hasta con el enamorado de Mirna, con ese Ricardo tan ansioso de penetrar en algo, en alguna mente para sus músculos, en algún caño donde pueda jugar a ser domador y victimario. Siempre ha sido igual. Es insano, Mirna lo sabe. Annie se duele el vientre, se lastima la quijada por desearla, por defenderse de esas manos delgadísimas; vidrio irreal, a eso sabe Mirna, a beso y ambrosía de redescubrirse sanas y pequeñitas, cada quien para su espera, para su cerrazón de mañanas que ya no pueden desprenderse del cuello. Annie la buscaba, y Mirna la ha encontrado dentro de su cabellera. Que todo quede atrás. Era Ricardo sólo un mono desnudo de razonamientos. Y ellas se han pertenecido desde las eras del fuego, desde las calderas del aquelarre donde juntas descolgaron el péndulo para sitiarse hogueras una en la otra, manos afiebradas y el aliento que les circunda la espalda; alas y alas que no dejan de agitarse, así es la cordura de las hembras que ya no desfallecen, fálicas y absolutas en el reconocerse. Annie la buscaba, ella se ha dejado encontrar, enfrentándole el rostro de cadáver que aún pervive. Y en medio de ambas, la madre de Mirna como un Dios.
Eso de verse a sí misma en esos juegos que tanto la disgustan, el espejo empañado, y la mente buscando una salida. Mirna lo sabe. La similitud con Annie o con Rebeca que le hace pensar en la decadencia de ella misma. Contemplarse en ese rostro lleno de maquillaje que lleva como un grillete del que quiere soltarse.
Noches de juerga, insomnio, llantitos en la madrugada y los cuentos de siempre: fuimos a tal lado, la música estaba padre, no se por qué no vienes, estas haciendo de Ricardo un perfecto idiota. Eso era Annie, un lugar común que siempre la sitiaba. Mirna no quiere recrearse en otros ojos, necesita más que los actos del amor y esas derivaciones que todas corren a buscar en los parajes semidesiertos, al final de un carnaval, cuando se han entretenido en la monotonía de la salsa, del reggae, de la cumbia que los vuelve ajenos a la idiosincrasia. Siempre son lo mismo, está harta, necesita olvidarse de la voz de esas mujeres, su madre, Annie, Rebeca. Annie y su lengua que todo lo escarba, la vagina, las axilas y la comisura de la boca. Eres tan necesaria, piensa, y yo tan delgadita y aterrizada.
- Un vampiro con ropaje negro y las hormonas en el horno- decía para molestar, pero Mirna no esbozaba sentimientos. –Piensas que soy tonta. Al menos me divierto.
- Tú lo has dicho -responde Mirna con la mirada en sus apuntes.– Lo enojoso es que me confundan contigo. Intento ser diferente. Sé bella, Annie, sé la más hermosa, te lo pido, que no se me acerquen.
Su madre lo sabe, siempre lo supo. La única cuerda de la familia es ella. Se lo dijo mientras le iba arrancando la ropa. Estás en edad de ser valiente y pundorosa, pero que no quede huella de las manos, de todos los hombres que siempre te he regalado. Has tenido las visiones, y tienes que actuar, no todo es observar desde el armario, o detrás de las cortinas. Sal a caminar sobre la carne que te brindo.
Rebeca es la única verdad que Mirna se ha impuesto, el sobrenombre de no recuperarse. Creo que tengo doble personalidad, y parece ser una silueta buscándose la delgadez en el espejo que ya no la simula. Su piel seca, su cuerpo de cadáver y tanta cafeína. Esa capacidad de mostrar los ruidos blancos de las ideas, la aptitud natural para la enseñanza, que los colegas no logran ver. El orden y la limpieza; su aroma sin el remolino de los perfumes artificiales. Todo lo tiene Mirna cuando sale hacia las discotecas en esa cacería de siempre, cacerías que Rebeca vive contándole en el espejo.
Su madre la interroga cuando la descubre en un sex shop comprándose ropa e instrumentos sexuales No me gusta que te vayas a escondidas. ¿Quieres que te invite a mis recuerdos? Ten tu propia vida, carajo, deja de juzgarme.
-Y lo dices tú, que no puedes controlar la hormona -piensa con el rencor al borde de los dientes- Que no has sabido protegerme de tu lujuria. Ellas no serán quienes logren apartarme.
Mirna continúa guardándolo todo, debajo del colchón en que se mueve ufana, solitaria, mirando las piernas que tocan el techo. Ahora todo es un crujir de huesos por los humos de la anorexia. Acá estás metida, mírame, Rebequita, mírame sangrar por la necesidad de sentirme ajena a todas esas costumbres que ella me impide.
- Mi madre ha sido la más acomplejada. Ahora lo entiendo, cuando niña le guardé rencor.
Siempre supo que Ricardo no podría con el respeto a sus ideas. Por eso le pidió a su madre que hablara con él. La agonía del deseo había dado cumplimiento a lo que ya Mirna suponía. Tendrán sexo, es seguro.
- Las mujeres maduras compiten con sus hijas. Tu madre intentará todo para no sentirse vieja.
Annie le había ayudado a recuperar aquel bloqueo que desde los diez años se había impuesto. La infancia antes que el padre las abandonara.
- Me veo caminando al cuarto, con el sigilo de siempre, y avisar que quería irme a casa; mi madre dijo que la acompañara a cobrar el dinero que le debían, ir al taller del hombre que le dijo que ahora sí pagaría los encargos. Fue cuando por vez primera la vi cogiendo con el mecánico que se decía amigo de papá.
Luego fueron los regalos y la solicitud de silencio, acumular los secretos que entre madre e hija deben guardarse. Pero a Mirna, después de descubrir la soledad en los espejos, sólo le importaba que la dejaran en paz. Una tarde que no paraban de fastidiarla le contó a su padre.
- Mamá no me ha perdonado. El tipo huyó, y supe que su matrimonio sólo era en términos secundarios, algo que mal llamaban amor o tradición impuesta.
Por eso se descubrieron mutuamente. Annie iba a verla a casa, dejaba al novio en la sala y subía al cuarto de Mirna para entretenerse con su piel, ¿cuántas veces fueron a la playa a nadar desnudas? Todavía no llegaba Rebeca para fundirse en sus vidas. Los novios de Annie fueron apartándose. Mirna le consumía todo el tiempo.
Tuvo la certeza cuando miró la luz que se apagaba en el cuarto de su madre. Annie junto a ella, sobre ella, dentro de sus piernas, mordiéndole la nuca, habían escuchado las escaleras, las risas y que cerraban la puerta.
- ¿Quién eres ahora?
- Soy Rebeca, carajo, para dominarte siempre seré Rebeca, y ahora mírame de frente, puta, que ellos han llegado a hacerse cariñitos.
- Déjala.
- No hay paz en esta casa, ni mi cuerpo puede pertenecerte si tú no me dominas la verdad de los recuerdos. Sabes cómo me ha tratado, me ha vendido desde siempre; me vendió la vista, me vistió con sus ropas, toda su desnudez y los falos que la persiguen.
- Ella te ha mantenido… Quita esa mirada… ajá, vamos, quítate de encima.
- Para tener a su puta y asegurarse la vejez. Yo no seré de Ricardo ni de nadie. Ella no puede tolerar que yo te quiera.
- No tuviste que decirle.
La boca sangrante de Annie. Sabía que no podrías ser mi machito, sabía que no lograrías amar esta doble hembra que soy.
Y se ahogan los gemidos. Se ha cerrado a golpes la garganta de Annie. Sus manos cuelgan fuera de la cama, el dolor ya no sigue palpitando, pero nada la suple en esta adrenalina. Mirna sale de la habitación y se acerca a la puerta del cuarto de su madre. Carga la pistola, y entra de golpe.
- Ven, hija, Ricardo aún tiene fuerza para otra. ¿No es así, cariño?
No hubo respuesta. Sirenas y el escape por las calles que se van achicando, haciendo largas, achicando, haciendo largas, y el campo, todo lo verde que la refugia. Rebeca mira el rostro de Mirna en los charcos. Ella es un charco que no ha dejado de ahogarse. Vamos al taller mecánico, a ser de nuevo silencio y partida, partida doble para un ajedrez que apenas comienza.

 

 

 

 

 

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DATOS DEL AUTOR:
Adán Echeverría (Mérida, Yucatán, México, 1975).- Escribe poesía y cuento. Biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Integrante del Centro Yucateco de Escritores, A.C. Coordina la Catarsis Literaria El Drenaje.
Ha publicado los poemarios El ropero del suicida (Editorial Dante, 2002), Delirios de hombre ave (Ediciones de la UADY, 2004) y Xenankó (Ediciones Zur-PACMYC, 2005), y el libro de cuentos Fuga de memorias (Ayuntamiento de Mérida, 2006). Compiló en coautoría el libro Nuevas voces en el laberinto: Novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (ICY, 2007). Participa en los libros colectivos Litoral del relámpago: imágenes y ficciones (Ediciones Zur, 2003), Venturas, nubes y estridencias (ICY-INJUVY, 2003), Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005 (Fundación para las letras mexicanas y Joaquín Mortiz-Editorial Planeta, 2005). Actualmente (2007) desarrolla el proyecto Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México. Nacidos entre 1960-1989.
Becario del FOECAY (2003), del PACMYC (2004), del Programa “Alas y Raíces a los Niños Yucatecos” (2005), del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en la categoría Jóvenes Creadores en la disciplina Novela (2005-2006). Ganador del X Premio Nacional de Poesía Tintanueva 2008 (convocado en 2007). Premio de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos y Mención de honor en el Premio Nacional de Cuento José Amaro Gamboa, ambos convocados por la UADY (2004); Mención de honor en el Premio Estatal de Poesía José Díaz Bolio (2004). Mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (2005), de Morelia, Michoacán.

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